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Cuando Europa no consigue ponerse de acuerdo y otros ocupan su espacio
Durante años, la Unión Europea se ha propuesto una misión tan ambiciosa como necesaria: construir las capacidades que le permitan garantizar su propia seguridad en un entorno internacional cada vez más incierto.
La idea resultaba sencilla de concebir, aunque extraordinariamente compleja de ejecutar, especialmente si tenemos en cuenta que hablar de la UE es hablar de 27 Estados miembros. Si la UE aspiraba a una mayor autonomía estratégica, debía ser capaz de desarrollar también las tecnologías y sistemas que sostienen esa autonomía. Entre ellos, uno de los más simbólicos: el avión de combate del futuro.
Ése era el espíritu que originalmente inspiraba el programa del FCAS (Future Combat Air System), impulsado por Francia, Alemania y España. Sin embargo, mientras Europa se centraba en discutir el futuro, el presente ha seguido avanzando.
El resultado se ha concretado en una paradoja difícil de ignorar: en pleno debate sobre la construcción de la soberanía tecnológica y autonomía estratégica de la Unión Europea, el F-35 estadounidense se ha convertido en el avión de combate de referencia para buena parte del viejo continente.
Ante esta situación, la pregunta no es ya por qué Europa compra F-35; la pregunta ahora es cómo ha llegado a la situación en que ha necesitado comprarlo.
El problema nunca fue el avión
Lo primero que hay que tener en cuenta es que sería un error interpretar el colapso del FCAS como el fracaso de una tecnología. De hecho, la tecnología nunca ha sido el obstáculo principal.
Europa dispone de capacidades industriales, talento, conocimiento y recursos suficientes para participar en la carrera por los sistemas de combate de nueva generación. El problema ha sido otro.
Durante años, el programa ha convivido con tensiones sobre liderazgo industrial, reparto de responsabilidades, propiedad intelectual, requisitos operativos y soberanía tecnológica. Cuestiones perfectamente legítimas desde la perspectiva de cada Estado miembro participante, pero extraordinariamente difíciles de reconciliar en el seno de un único programa.
Francia necesitaba garantizar capacidades vinculadas a su disuasión nuclear y a su aviación embarcada; Alemania, por su parte, defendía un modelo industrial más equilibrado; y, mientras, España aspiraba a consolidar un papel relevante en ámbitos como los sensores, la nube de combate o la arquitectura digital del sistema. Ninguna de esas posiciones era irracional.
El problema ha sido superior. Todas coexistían dentro de un proyecto que exigía una dirección común y eso nos lleva a una de las lecciones más incómodas de la política industrial europea: compartir financiación es relativamente sencillo, compartir liderazgo resulta mucho más complejo.
Mucho más que un avión
Quizá el error que se ha cometido más frecuentemente en este debate haya sido el pensar que la cuestión gira exclusivamente en torno a un tipo de avión y no es así. La competición estratégica actual no se libra únicamente entre plataformas, se libra entre ecosistemas.
Los sistemas de combate de próxima generación integran IA, sensores distribuidos, guerra electrónica, comunicaciones seguras, procesamiento masivo de datos, sistemas autónomos y capacidades colaborativas que conectan plataformas tripuladas y no tripuladas en tiempo real.
El avión sigue siendo importante, pero no constituye el centro absoluto del sistema. Es más un nodo dentro de una red mucho más amplia.
Por eso resulta especialmente relevante que muchos de los desarrollos tecnológicos impulsados en el marco del FCAS sigan conservando valor estratégico incluso aunque el programa original no sobreviva en su configuración actual.
La nube de combate, los sensores avanzados, la arquitectura digital o la integración de sistemas autónomos seguirán siendo capacidades críticas independientemente del nombre que termine recibiendo el futuro programa europeo.
La autonomía estratégica necesita capacidad de decisión
La lección que se debe extraer de todo esto es mucho más amplia y trasciende el ámbito aeronáutico. La Unión Europea lleva años hablando de autonomía estratégica. Y con razón. La experiencia de los últimos años ha demostrado la importancia de reducir dependencias críticas en ámbitos tan diversos como la energía, los semiconductores, las materias primas, las infraestructuras digitales y, por supuesto, la Defensa.
Sin embargo, la autonomía estratégica no depende únicamente de disponer de financiación y de capacidades industriales. Depende también de la capacidad para tomar decisiones.
El caso del FCAS demuestra que la dificultad no siempre reside en desarrollar tecnología avanzada; en muchas ocasiones, el problema es construir mecanismos de gobernanza capaces de armonizar intereses nacionales, industriales y estratégicos sin bloquear la ejecución.
La cuestión es especialmente relevante porque la UE está entrando en una etapa marcada por inversiones sin precedentes en Seguridad y Defensa: los recursos existen, la voluntad política es mayor que hace apenas unos años y la necesidad estratégica es evidente.
Lo que aún está por demostrar es si las estructuras de toma de decisiones europeas son capaces de evolucionar al mismo ritmo que su entorno.
Más allá del F-35
Sería tentador interpretar el éxito en Europa del F-35 como una derrota de la industria continental. De hecho, sería una lectura equivocada. Lo que revela no es la superioridad inevitable de una plataforma sobre otra, sino la tensión existente entre la urgencia operativa y la construcción de capacidades estratégicas a largo plazo.
La UE necesita ambas cosas: requiere de capacidades disponibles para responder a los desafíos del presente y de una base industrial y tecnológica capaz de sostener su seguridad durante las próximas décadas.
La paradoja, como se ha puesto de manifiesto, es que ambas ambiciones no siempre avanzan al mismo ritmo. Por eso, el verdadero debate ya no consiste en decidir si Europa debe comprar F-35 o desarrollar sus propios sistemas de combate, la cuestión es mucho más profunda.
La UE debe determinar si será capaz de transformar sus aspiraciones de autonomía estratégica en capacidades reales, operativas y sostenibles. Porque, mientras sus Estados miembros siguen discutiendo cómo será su próximo avión de combate, el F-35 ya está volando.